Los malentendidos de la comunicación por WhatsApp
- Mario Izcovich

- 24 may
- 3 min de lectura
Actualizado: 25 may

La comunicación entre los seres humanos
constituye, paradójicamente, una de las principales fuentes de malentendido.
Entre aquello que una persona intenta expresar, es decir lo que está entre lo que quiere decir y lo que dice, y aquello que el otro interpreta, se abre siempre una distancia inevitable.
A ello se suma que todo enunciado está condicionado por quien lo emite, por el lugar desde donde habla y por la situación en la que esa palabra se produce. El lenguaje está atravesado por equívocos y resonancias subjetivas. No resulta extraño, entonces, que buena parte del malestar en las relaciones de pareja, entre padres e hijos o incluso entre amigos tenga su origen en los malentendidos.
En el ámbito terapéutico, esta dimensión constituye una fuente especialmente fecunda de trabajo clínico. Lo que se dice nunca coincide plenamente con lo que se quiere decir; los lapsus, por ejemplo, revelan precisamente esa distancia entre la intención consciente y aquello que emerge más allá de ella. El lenguaje habla también allí donde el sujeto cree dominarlo. No se trata de un error.
Las aplicaciones de mensajería instantánea, como WhatsApp, intensifican todavía más estas dificultades en la comunicación. La inmediatez de los intercambios, sumada a la ausencia de gestos, silencios, miradas y modulaciones de la voz, convierte estos espacios digitales en terrenos particularmente propicios para los equívocos y los conflictos innecesarios.
La gran virtud de WhatsApp reside en su capacidad de facilitar una comunicación inmediata y permanente. Sin embargo, esa misma rapidez puede transformarse en un obstáculo para una verdadera elaboración de lo que se quiere transmitir.
Uno de los principales problemas es la ausencia del lenguaje no verbal. En una conversación presencial, el tono de voz, las expresiones faciales y la corporalidad aportan matices decisivos al sentido de las palabras. En la escritura digital, en cambio, el mensaje queda reducido a signos que deben ser leídos y por tanto interpretados, muchas veces a gran velocidad. Aunque los emoticonos intentan suplir parcialmente esta carencia, difícilmente alcanzan la riqueza expresiva de la presencia humana y por tanto es fuente de problemas.
A esto se añade el carácter inevitablemente subjetivo de toda interpretación. Cada persona lee desde su propio estado emocional, su historia y sus expectativas. Un comentario que para alguien pretende ser humorístico puede ser recibido por otro como agresivo, indiferente o despectivo. El texto escrito carece muchas veces de las coordenadas necesarias para delimitar el sentido.
La lógica de la inmediatez introduce además una presión constante por responder. La expectativa de disponibilidad permanente favorece respuestas impulsivas, poco reflexivas, pronunciadas bajo el apremio del momento antes que desde una verdadera elaboración del pensamiento o del afecto. La comunicación deja entonces de ser diálogo para convertirse en mera reacción.
También la ausencia de límites temporales contribuye al malestar. Los mensajes enviados fuera de horario —durante la noche, en momentos de descanso o en espacios íntimos— producen con frecuencia una sensación de invasión de la vida personal. Ciertamente hay situaciones en las que se busca precisamente eso.
La hiperconectividad contemporánea diluye progresivamente las fronteras entre lo privado y lo público, entre el tiempo propio y la demanda ajena. Muchas veces se convierten en un mecanismo de control del otro.
Por todo ello, las aplicaciones de mensajería resultan especialmente problemáticas cuando se trata de asuntos significativos. No son pocos los casos en los que relaciones importantes concluyen mediante un mensaje, fenómeno que revela una gran dificultad contemporánea para sostener una conversación directa.
En el fondo, esta modalidad de intercambio crea la ilusión de una comunicación sin alteridad: el sujeto habla cuando quiere, desde la comodidad de su aislamiento, como si el otro no estuviera verdaderamente presente. Más que un diálogo, muchas veces se configura un monólogo fragmentado.
Por esta razón, cuando se trata de cuestiones importantes o delicadas, resulta preferible recurrir a una conversación telefónica y, mejor aún, a un encuentro cara a cara. La presencia física habilita una dimensión verbal y no verbal que favorece la comprensión mutua (que nunca es del todo) y reduce considerablemente los malentendidos.
En el contexto terapéutico, el uso de WhatsApp requiere especial prudencia. Es fundamental establecer límites claros respecto de los horarios y del tipo de intercambios apropiados. La práctica clínica debería privilegiar, siempre que sea posible, el encuentro presencial, ya que es allí donde la dimensión afectiva y subjetiva de la comunicación puede desplegarse con mayor profundidad.
En mi práctica profesional, limito el uso de este medio a cuestiones estrictamente organizativas o prácticas, como modificaciones de horarios o el envío de una dirección. Con frecuencia encuentro pacientes que intentan comunicar por WhatsApp aquello que les ocurre emocionalmente; en esos casos, procuro alentarlos a conversarlo telefónicamente si es algo urgente o, preferentemente, a trabajarlo en la sesión siguiente, donde la palabra puede encontrar un espacio más adecuado para ser escuchada y elaborada.






























































Texto que podría firmar Lacan.