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Sobre la vida y la muerte de los libros

Actualizado: 22 abr


¿Qué se hace con los libros de una persona cuando esta se muere?

Me pregunté esto, entre muchas otras preguntas para las que no encontré respuesta, cuando se murió ya hace cuatro meses Hebe Tizio, que fue mi psicoanalista durante muchos años.

Recuerdo que cuando iba a su consulta, siempre había algún libro abierto que ella seguramente estaba leyendo o estudiando.

Había pasado poco tiempo (unos pocos meses) que había dado por concluido mi análisis con ella y esta noticia me impactó mucho (aún)

Esta pregunta por los libros de Hebe, me llevó tiempo después a preguntarme por los libros de otros y también por los míos propios, los que leí.

Hace unos cuantos años me encontré en una acera cerca de mi despacho, en el Eixample barcelonés, una pila de libros que alguien dejó como Hansel o Gretel dejaron sus migas de pan. Estaban abandonados. Y para mi sorpresa había varios de psicoanálisis. Confieso que cogí dos, el resto estaban en mal estado, que aún no he leído (André Green y un psicoanalista francés llamado Stein) Fue como adoptar un perro abandonado o como cuando Verónica rescata plantas abandonadas a las que revive.

No supe de quien era, ni la historia detrás, no había señales. Por el tipo de libros se trataba de alguien mayor. Quizás alguien que se había muerto. Un psicoanalista o simplemente un lector de psicoanálisis.

Esto me hizo pensar en que los libros son algo íntimo. De uno. Hablan de uno. Por eso viven (con uno) mientras uno vive, luego no tienen mucho sentido, se pueden abandonar en la calle, son papel. Son para ser leídos por quien los posee. Su valor de objeto preciado está en relación a su lector. Su propietario.

Mi hipótesis no es infalible. Cuando tenía 17 años leí un libro que no me pertenecía, en casa de una amiga y fue todo un descubrimiento. Era de Sigmund Freud, se llamaba (se llama) Psicopatología de la vida cotidiana y me explotó la cabeza. Fue una lectura a escondidas muy reveladora.

Recuerdo dos bibliotecas: la de mi padre que no tenía estudios secundarios y que según me cuentan leía mucho (no pude comprobarlo porque murió muy joven), era una buena biblioteca de autores clásicos e importantes. Recuerdo unos de tapa verde entre los que había una novela de Erich María Remarque, la otra biblioteca era de mi hermano Edgardo. Él sé que era y es un gran lector. Eran libros para adolescentes, libros de aventuras. Recuerdo haber leído la Isla del tesoro. Y recuerdo haber contribuido a esa biblioteca con libros de Artur Conan Doyle.

De pequeño no leía mucho. Había tantas cosas que me interesaban que no podía detenerme a leer (ahora es lo contrario)

Debo decir que a través de este hermano descubrí a Ray Bradbury y la trilogía de Tolkien, El Señor de los anillos, muchísimo antes que sean conocidas por el gran público, y que no pude parar de leer y los conservo aún en mi biblioteca.

Cuando entré en la Universidad los libros se convirtieron en un objeto precioso y preciado. En todo sentido. En la Argentina de aquella época costaba mucho dinero comprar un libro. Usábamos fotocopias.

Recuerdo haber cambiado en una feria de libros en el barrio de Almagro, cerca de donde vivía, varios libros leídos (usados) por un volumen nuevo (que aún conservo) de Jacques Lacan (Escritos 1) ¡Me sentía rico!

Pude, ahorrando mucho, comprarme las Obras Completas de Freud de López Ballesteros. Las de Amorrortu eran para los que tenían más dinero. Mis profesores insistían en las diferencias de traducción (eso hoy me parece menos relevante), de manera que decidí comprarme, aunque sea, un tomo, fue el que incluye Introducción al narcisismo.

Durante un año sabático que recorrí Europa e Israel me compré El Manifiesto Comunista de Carl Marx. En Argentina estaba prohibido (dictadura militar)

Era para mí una sensación de libertad. Leer algo que había escuchado muchas veces, pero a lo que no podía acceder. Recuerdo antes de coger el avión de vuelta, dejarlo abandonado en el aeropuerto de Maastricht en Holanda. ¿Quizás alguien lo haya recuperado?

Otro libro que me marcó fue que cuando acabé la carrera mi familia (orientados en este caso por mi hermano Luis) me regalaron el Seminario 3 de Lacan, Las psicosis. Un regalazo! Era un tema que me interesaba muchísimo, trabajé los tres años siguientes en el manicomio de Buenos Aires. Recuerdo que esa noche no me dormí leyéndolo.

Cuando nos vinimos a vivir a Barcelona, en nuestras dos maletas, junto a la ropa, nos acompañaron las Obras Completas de Freud (tres tomos grandes y pesados) Eran más importantes que la colección de vinilos que regalé antes de marchar.

Esos fueron los inicios.

Ahora tenemos muchos y están repartidos entre el despacho de Barcelona, el de Sant Cugat, mi casa y en Breda. Y mis libros conviven con los de Verónica, son pareja de hecho. Y son heterogéneos. Hablan de mis intereses.

Tengo una sección en la que conviven los libros de mi hermano Luis, de mi cuñada Anita, de Verónica y los míos propios (como un museo familiar)

Pienso que mis libros también vivirán mientras yo viva. Así creo que es el caso de los libros de Hebe. ¿De qué sirven si ella no puede leerlos?, ¿si ella no está para poder explicarlos?, ¿si no está ella para contarlos? Seguramente alguuien se los a-propiará y les dará una nueva vida.

Los suyos, sus libros que no sus escritos, pierden así todo el sentido. Seguiremos con los libros de otros, con los propios o con los libros por venir. Sin olvidarnos como Hebe nos los contaba, como ella en definitiva los leía. Seguiremos leyéndola.

 

  • Luego de publicado este artículo me informan que los libros de Hebe Tizio fueron donados a la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona.

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