Sobre el duelo de los padres durante la adolescencia
- Mario Izcovich

- 9 may
- 3 min de lectura
Esta reflexión surge porque, últimamente, recibo cada vez más consultas de madres y padres muy preocupados por sus hijos adolescentes.

Se trata de llamadas que tienen algo en común. Adultos que ya en el teléfono se manifiestan angustiados o desbordados. Describen a sus hijos como “rebeldes”, “violentos”, “desmotivados”, “encerrados en las pantallas” o “negativos con todo”. Son pocas las veces en las que se intuye un síntoma en el propio hijo sino más bien el foco está puesto en los progenitores. No aguantan más.
La demanda con matices se podría resumir de la siguiente manera: “Necesitamos que alguien lo encamine, ya no sabemos qué hacer, queremos que aprenda a respetarnos”.
Y no se trata de una demanda de orientación del tipo estamos perdidos, ayúdanos porque no lo hacemos bien, sino que la demanda está puesta en que alguien se haga cargo de reeducar al joven. No siempre hay un motivo clínico para que ese adolescente necesite un tratamiento.
En muchos casos, lo que aparece es otra cosa: padres instalados en la impotencia, en el fondo atrapados en la ansiedad que les produce el crecimiento de sus hijos. Y que estos no respondan a sus expectativas, sea en los estudios, en la vida cotidiana, en la vida social.
La adolescencia implica necesariamente una separación. El hijo o la hija deja de ser ese niño disponible, cercano y relativamente dependiente para transformarse en alguien que busca autonomía, privacidad y distancia. Y ese movimiento, necesario, suele ser vivido por muchos adultos con angustia. No pueden hacer el duelo.
Separarse no significa dejar de querer. Pero para muchos padres resulta difícil tolerar que sus hijos ya no necesiten contarles todo, que cuestionen las normas, que prefieran estar con amigos o encerrados en su habitación. Entonces aparece la sensación de pérdida de control.
Sumemos que a muchos progenitores les cuesta hacer de adultos, es decir de ser aquellos que educan y por tanto regulan la vida de sus hijos hasta que logren una mayor autonomía, y ya no haga falta. Los adultos temen decir que no.
Frente a esa incomodidad, muchos padres buscan rápidamente una solución externa. Así, el “psi” queda ubicado, muchas veces, en el lugar de quien debe educar, corregir o reparar al adolescente. Como si el problema estuviera en él.
Convengamos que hay teorías psicológicas que son funcionales a esto, de manera que lo más fácil es etiquetar y muchas veces medicar conductas.
Los síntomas adolescentes rara vez aparecen aislados. La violencia, el rechazo, la indiferencia o la negatividad suelen funcionar también como respuestas defensivas frente a un entorno que no logra acompañar el proceso de separación.
Muchos adolescentes reaccionan endureciéndose. Se vuelven hostiles, contestadores o indiferentes porque necesitan defender un espacio propio. Cuanto más invasiva o ansiosa se vuelve la mirada de los padres, más radical puede hacerse la distancia. En este contexto, las pantallas ocupan un lugar central.
Los celulares, videojuegos y redes sociales son hoy parte fundamental de la vida adolescente. Las pantallas pueden transformarse en un refugio y también en una anestesia o una forma de desconectarse, cuando el vínculo familiar se vuelve tenso o excesivamente controlador.
También es cierto que muchos padres quedan atrapados en una contradicción: necesitan controlar lo que sus hijos hacen en las pantallas porque sienten que allí “los pierden”, pero al mismo tiempo las pantallas funcionan como una forma de evitar conflictos y sostener cierta calma en la convivencia.
Por otro lado, la escuela delega en los padres la función educadora. Son estos quienes se hacen cargo de controlar si sus hijos estudian o hacen los deberes, desresponsabilizando a los jóvenes y generando enormes conflictos allí donde el adolescente se muestra desinteresado. Los estudios así, dejan de ser un tema del adolescente y se convierte en un problema familiar y fuente de enormes conflictos.
A veces, detrás de estas preocupaciones aparece algo más profundo: el miedo de los padres a dejar de ser imprescindibles y por añadidura perder el lugar que tenían para el hijo pequeño. Esto claramente conecta con el paso del tiempo, el hacerse mayores (los adultos)
La adolescencia no es una enfermedad que haya que corregir. Es un proceso de transformación que inevitablemente muchas veces produce tensión, distancia y conflicto. Poder acompañar a los hijos adolescentes implica aceptar la pérdida de control, tolerar frustraciones y revisar también las propias ansiedades adultas que incluyen las expectativas puestas en los hijos.
Esto supone un duelo por los hijos que no serán.
No siempre ante una situación crítica el adolescente necesita terapia. A veces quienes necesitan un espacio para pensar lo que está pasando son los propios padres. A veces quienes necesitan terapia son los adultos.
Y quizás una de las tareas más difíciles de la crianza sea justamente esa: aprender a acompañar la separación y ayudar a que los hijos sean más autónomos. Un verdadero reto.






























































Buenísimo.