Escuchar en una época sin brújulas[1]


¿Qué significa escuchar a un niño o a un adolescente en una época en la que disponemos de cada vez más herramientas para observar, evaluar y diagnosticar, pero no siempre encontramos el tiempo para detenernos a escuchar lo que tienen que decir?
En un mundo de cambios acelerados, en el que las referencias tradicionales se han transformado y las formas del malestar también cambian, la escucha plantea una cuestión fundamental: cómo reconocer al otro más allá de sus conductas y las categorías (por ejemplo el DSM 5) que nos imponen para comprenderlo.
En ocasiones, cuando hablamos de un niño, sabemos mucho sobre su comportamiento, sus dificultades escolares o su diagnóstico, pero muy poco sobre lo que verdaderamente le sucede. Las conversaciones entre profesionales pueden quedar reducidas a protocolos y dispositivos de intervención. En las escuelas, determinadas conductas pueden provocar respuestas inmediatas sin que nadie se pregunte qué dicen los propios niños sobre lo ocurrido. El riesgo es que se termine hablando de ellos sin darles la oportunidad de hablar por sí mismos.
Por eso es importante distinguir entre oír y escuchar. Oír es recibir sonidos, registrar lo que alguien dice. Escuchar implica algo más: supone que la palabra del otro nos concierne, que estamos dispuestos a dejarnos interrogar por ella. Escuchar a un niño no consiste únicamente en preguntarle qué le pasa, sino en hacer lugar a lo que pueda decir, incluso cuando sus palabras no coinciden con lo que esperábamos oír. Escuchar es hacer existir al otro como sujeto, alguien cuya palabra importa y cuya singularidad no puede reducirse a lo que sabemos de él.
Jacques Lacan ofrece una orientación fundamental para pensar esta cuestión. En Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, escribe: «No hay palabra sin respuesta, aunque no encuentre más que el silencio, con tal que tenga un oyente». La escucha no es, por tanto, una operación neutral ni una simple recogida de información. La presencia de alguien dispuesto a escuchar puede cambiar el lugar que ocupa la palabra para quien habla. No se trata solo de transmitir datos, sino de que algo de la experiencia de un sujeto pueda encontrar una dirección y un destinatario.
Esta perspectiva también invita a cuestionar la prisa por comprender. En la Dirección de la cura, Lacan nos advierte de los riesgos de una comprensión que se adelanta a lo que el otro tiene que decir. Cuando creemos saber demasiado rápido qué le ocurre a alguien, podemos dejar de escucharlo. El diagnóstico puede ser útil y necesario, pero se convierte en un problema cuando sustituye la pregunta por el sujeto. Saber que un niño presenta determinadas dificultades no nos dice todavía qué lugar ocupan esas dificultades en su vida, qué significan para él o cómo se articulan con sus vínculos.
La cuestión adquiere especial relevancia al pensar en las infancias y adolescencias actuales. El uso de las pantallas suele abordarse desde la cantidad de horas o desde sus efectos sobre la conducta. Sin embargo, también conviene preguntarse qué relación con el mundo y con los otros se construye a través de ellas, y qué lugar queda para el deseo, la palabra y el encuentro. No se trata de atribuir todos los malestares a la tecnología, sino de evitar explicaciones demasiado simples ante fenómenos complejos. Además, los niños y adolescentes no son los únicos que pueden sentirse desorientados: padres, docentes y profesionales también se encuentran a menudo solos frente a situaciones que no saben cómo abordar.
Escuchar requiere asimismo pensar cómo se relacionan las instituciones que acompañan a las infancias y adolescencias. Familia, escuela, servicios de salud y servicios sociales tienen funciones diferentes y no siempre comparten la misma perspectiva. La escuela puede orientarse por ideales que apuntan al para todos, mientras que la clínica necesita atender a la singularidad de cada sujeto y preguntarse qué significa para él aquello de lo que padece. Estas diferencias pueden producir desencuentros, pero también hacen necesario construir espacios de conversación. Trabajar juntos no significa pensar de la misma manera, sino poder hablar desde posiciones distintas sin reducir la complejidad de una situación a una única explicación.
Escuchar no significa renunciar a intervenir ni quedarse esperando una respuesta que quizá no llegue. Significa no precipitarse, no confundir la descripción de una conducta con la comprensión de quien la realiza y no suponer que todo malestar debe ser eliminado de inmediato. Exige tiempo, presencia y disposición para aceptar que no lo sabemos todo. En este sentido, la escucha constituye también una forma de cuidado: permite que el niño o el adolescente no quede identificado exclusivamente con aquello que preocupa a los adultos.
Quizás una época sin brújulas no sea necesariamente una época sin referencias, sino una época en la que necesitamos construirlas de otra manera. No basta con multiplicar los dispositivos, los protocolos o los espacios de coordinación si en ellos no hay lugar para la palabra de quienes nos ocupan. La escucha puede abrir ese lugar y hacer posible que las instituciones piensen juntas, reconociendo tanto sus diferencias como sus límites.
En definitiva, escuchar es suspender, aunque sea por un momento, la certeza de que ya sabemos qué le pasa al otro. Es permitir que su palabra nos sorprenda y que algo de su singularidad pueda aparecer. En una época que empuja a responder rápidamente, quizá sea necesario recuperar ese tiempo: el tiempo para escuchar, para conversar y para construir referencias que no estén dadas de antemano, sino que puedan surgir del encuentro con los otros.
[1] Síntesis de la conferencia dictada en el Colegio de Psicología de Madrid en el marco del Forum Infancia el 24 de octubre de 2026
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