top of page

La infancia en la época de los Unos solos: la fragilización del lazo social [1]

Foto del escritor: Mario Izcovich
Mario Izcovich
hace 6 días
6 min de lectura

La digitalización de la infancia no puede pensarse únicamente como un problema tecnológico ni reducir el debate a la cantidad de horas que los niños pasan frente a una pantalla. La cuestión fundamental son sus efectos sobre la subjetividad y, especialmente, sobre el lazo social.

Me interesa abrir una pregunta sobre algo más profundo: ¿qué está pasando con el vínculo entre los niños y los adultos en una época en la que las formas de hacer lazo social están cambiando?

Hablamos de una época marcada por el capitalismo, la ciencia y la tecnología, a la que ahora se suma la inteligencia artificial, y por nuevas formas de relación entre los sujetos.

Las pantallas forman parte de este escenario. Pero no son, por sí mismas, la causa de los problemas que observamos en la infancia. Una escena cotidiana puede ayudarnos a pensarlo: una familia está comiendo en un restaurante y los padres se levantan para atender sus teléfonos. La niña queda sola en la mesa, acompañada por una pantalla.

El problema no es solamente que la niña mire una pantalla. La pregunta es qué lugar ocupa esa pantalla cuando el otro no está disponible.

Por eso propongo una hipótesis: la infancia no está en riesgo porque existan las pantallas, sino cuando estas empiezan a sustituir la experiencia de encontrarse con un deseo encarnado en otro.

Para pensar este fenómeno recurrí a la noción de los “Unos solos”, desarrollada por Jacques-Alain Miller a partir de la enseñanza del último Lacan.

El Uno no designa simplemente al individuo. Se trata de una modalidad de goce centrada en sí misma, autoreferencial, que puede prescindir del otro. El Uno puede arreglárselas solo: con el smartphone, con las redes sociales, con el trabajo, con el deporte, con el sexo o con cualquier otra actividad que pueda transformarse en una fuente de satisfacción.

Esta perspectiva permite pensar algo característico de nuestra época: el problema no es solamente la soledad, sino una modalidad de satisfacción que puede prescindir del vínculo con el otro.

Y aquí aparece una cuestión fundamental para la infancia: hacer lazo requiere encontrarse con aquello que no podemos controlar.

Cuando dos niños juegan juntos aparecen necesariamente el conflicto, la rivalidad, la negociación, los malentendidos, los pactos, la espera y hasta el aburrimiento. El otro introduce algo imprevisible. El niño tiene que inventar qué hacer con ese otro.

En muchas formas de juego digital, en cambio, las reglas ya están dadas, las recompensas están programadas y la respuesta llega inmediatamente.

No se trata de idealizar el juego presencial ni de demonizar el juego digital. Se trata de preguntarnos qué experiencias subjetivas se pierden cuando la satisfacción inmediata ocupa cada vez más espacio.

Porque pensar requiere poder sostener una pregunta sin respuesta inmediata. Requiere esperar, equivocarse, volver atrás, soportar un cierto vacío.

Y aquí aparece algo que considero especialmente importante: el deseo necesita de la falta.

Si cada vez que aparece un vacío lo llenamos inmediatamente con una imagen, un vídeo, una respuesta o un nuevo estímulo, ¿qué lugar queda para la fantasía? ¿Qué lugar queda para inventar? ¿Qué lugar queda para desear?

En la clínica me encuentro cada vez más con adolescentes que expresan una especie de desinterés generalizado, como si fuera difícil encontrar las pistas de su propio deseo.

Lacan nos permite también introducir otra cuestión: la mirada.

En el Seminario 11 diferencia la visión de la mirada como objeto pulsional. La pantalla captura la mirada y los algoritmos pueden mantenerla atrapada en un flujo prácticamente infinito de imágenes.

Pero esto no concierne solamente a los niños.

¿Qué sucede cuando la mirada del adulto está capturada por su propia pantalla?

La cuestión cambia entonces de perspectiva. Ya no se trata solamente de preguntarnos qué hace el niño con la tecnología, sino de preguntarnos:

¿Qué está pasando en el vínculo entre ese niño y los adultos que lo rodean?

¿Cómo lo miran? ¿Cómo lo escuchan?¿Cómo sostienen la palabra? ¿Qué lugar ocupan?

Cuando hablamos de los efectos de las pantallas sobre la infancia existe el riesgo de situar todo el problema del lado del niño: el niño que se conecta demasiado, que no presta atención, que no quiere estudiar, que se aísla, que no duerme, que se irrita.

Pero detrás de ese niño hay siempre un vínculo con los adultos.

Esto nos conduce a otra cuestión que Lacan permite pensar: el declive de la autoridad y lo que denominó la “evaporación del Nombre del Padre”.

No se trata de reivindicar una autoridad autoritaria ni de volver a modelos familiares del pasado. Se trata de constatar que las referencias simbólicas que durante mucho tiempo organizaron la subjetividad y las instituciones han perdido consistencia.

Muchos padres llegan hoy a la consulta diciendo: “No sabemos qué hacer”.

Y esto también forma parte de la época.

Los adultos buscan respuestas, métodos, técnicas y herramientas para relacionarse con sus hijos. Sin embargo, vemos como las familias pero especialmente las escuelas esperan que los niños aprendan a autorregularse, a controlar sus emociones y a gestionar su malestar, mientras que son supervisados (controlados) por la mirada de los adultos 24/7.

Pero quizá tengamos que formular otra pregunta: ¿qué ocurre cuando los propios adultos están perdidos entre las pantallas?

En ocasiones, los padres se convierten en esos “verdaderos niños” que Lacan menciona, buscando en el Otro una certeza que les permita saber qué hacer.

Y los niños necesitan otra cosa.

Necesitan adultos que puedan ocupar un lugar de adultos. No adultos que lo sepan todo, sino adultos capaces de sostener una posición.

Pienso en el caso de un adolescente de trece años cuyos padres consultan porque pasa mucho tiempo encerrado en su habitación, no quiere cenar con la familia, cuestiona todo, discute y está muchas horas delante de las pantallas. Tampoco sale con sus amigos y se acuesta muy tarde.

Los padres están preocupados y preguntan qué pueden hacer.

Después de escucharlos, propongo conocer al adolescente. Pero, poco después, los padres me escriben diciendo que han decidido limitar las pantallas y que el chico se ha puesto a llorar. Preguntan entonces qué deben hacer.

Podríamos pensar que estamos ante un problema de pantallas.

Pero quizás sea, fundamentalmente, un problema de autoridad y de la dificultad de los adultos para hacer de adultos.

La pantalla aparece como el objeto visible del conflicto, pero no necesariamente como su causa.

Por eso, en la clínica no se trata simplemente de quitar pantallas o reducir su uso. Tampoco de convertir al psicólogo en alguien que corrige al niño.

Se trata de escuchar qué está diciendo ese niño a través de su síntoma y qué está ocurriendo en su relación con los otros.

The Quiet Girl, la preciosa película de Colm Bairéad puede ayudarnos a pensar muchas de estas cuestiones.

Cáit, la protagonista, es una niña que vive con sus padres y varios hermanos. Es una niña prácticamente sin lugar. Padece en silencio, tiene dificultades en la escuela y presenta un síntoma de enuresis.

Sus síntomas hablan, pero nadie parece escuchar lo que están diciendo.

Durante un verano es enviada a vivir con unos familiares. Al principio se siente extraña y desconfiada. Poco a poco descubre otra forma de vivir: unos adultos que la miran, que la escuchan, que la tratan con ternura y respeto.

Y entonces algo empieza a cambiar.

Cáit juega, sonríe, adquiere confianza. No porque alguien haya aplicado una técnica para corregir su comportamiento, sino porque ha encontrado otra relación posible con un adulto.

Hay algo particularmente conmovedor en la película: las circunstancias no se transforman radicalmente, pero sí cambia el lugar que la niña ocupa para el Otro.

Desde una perspectiva psicoanalítica podríamos decir que Cáit está situada como objeto del Otro en ambos contextos. Pero hay una diferencia decisiva: en un caso es una más, casi invisible; en el otro, alguien cuya singularidad importa.

La mirada del otro puede entonces modificar profundamente la experiencia que un niño tiene de sí mismo.

Quizás este sea uno de los principales desafíos de nuestra época.

No se trata de luchar contra la tecnología ni de pretender que los niños vivan como nosotros vivimos cuando éramos pequeños. Tampoco se trata de establecer simplemente un número de horas de pantalla.

Se trata de preguntarnos qué lugar ocupa el otro.

Los niños necesitan tiempo para jugar, para aburrirse, para fantasear, para equivocarse. Necesitan conversaciones que no sean interrogatorios. Necesitan experimentar el conflicto y la rivalidad, pero también el amor y la cooperación.

Necesitan adultos que puedan mirarles y escucharles.

Y necesitan una escuela que no sea únicamente un espacio de rendimiento, evaluación y productividad, sino también un lugar de encuentro con otros.

Frente a la lógica de los “Unos solos”, la escucha adquiere un valor fundamental.

La función del adulto no es saberlo todo ni ofrecer una respuesta inmediata. Es poder sostener una posición, introducir una palabra, poner un límite cuando sea necesario y, sobre todo, estar allí.

Porque quizás el problema más grave de nuestra época no sea que los niños pasen demasiado tiempo delante de las pantallas. Quizás sea que cada vez resulta más difícil encontrar a alguien verdaderamente allí.

Y en ese punto, la clínica, la educación y la familia tienen todavía una responsabilidad fundamental: hacer posible el encuentro con el otro.

Es precisamente allí donde la mirada, la palabra y la escucha de un adulto pueden hacer la diferencia.

 


[1] Síntesis de la conferencia que dicté en la Jornada “Digitalització de la vida dels infants i els seus efectes en el món simbòlic” en el Colegio Oficial de Psicología de Cataluña el 17 de octubre 2026 

 

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page